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Domingo Faustino Sarmiento. Obras completas.DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO Obras completas
(53 tomos, CDRom, encuadernados  y mueble,
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23,5 x16 cm, 16.000 páginas tirada total 1.000 ejemplares 
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Imre Kertész
premio nobel 2002 de literatura



 
SIN DESTINO
de Imre Kertész 
(264 páginas, AR$72.00)
Sin destinoHistoria del año y medio de la vida de un adolescente en diversos campos de concentración nazis (experiencia que el autor vivió en carne propia), Sin destino no es, sin embargo, ningún texto autobiográfico. Con la fría objetividad del entomólogo y desde una distancia irónica, Kertesz nos muestra en su historia la hiriente realidad de los campos de exterminio en sus efectos más eficazmente perversos: aquellos que confunden justicia y humillación arbitraria, y la cotidianidad más inhumana con una forma aberrante de felicidad. Testigo desapasionado, Sin destino es, por encima de todo, gran literatura, y una de las mejores novelas del siglo XX, capaz de dejar una huella profunda e imperecedera en el lector. [pedir]  

                   
primer capítulo

Hoy no he ido a la escuela; mejor dicho, sólo fui para pedir permiso a la tutora y volver a casa. Le entregué la carta de mi padre, en la cual pedía que me dispensaran, alegando "razones familiares". Ella me preguntó cuáles eran esas razones familiares, y yo le contesté que a mi padre lo habían asignado a trabajos obligatorios. Dejó de incordiarme. 

Al salir de la escuela, no fui a casa sino al almacén. Mi padre me había dicho que me esperarían allí. También dijo que debía darme prisa porque podían necesitarme. Por eso pidió que me dejaran faltar a la escuela. Quizá quería que estuviera "a su lado en el último día", cuando tenía que "abandonar a la familia", eso también lo dijo en otro momento. Habló con mi madre, si mal no recuerdo, por la mañana cuando le llamó por teléfono. Hoy es jueves, y mis tardes de los jueves y de los domingos, en realidad, le corresponden a ella. Mi padre le comunicó: "No te puedo dejar a György esta tarde", y entonces dio esa explicación. O tal vez no fue así. Yo tenía un poco de sueño esa mañana, debido a la alarma aérea de anoche, y a lo mejor no me acuerdo bien. Sin embargo, estoy seguro de que lo dijo, si no a mi madre, a otra persona. 

Yo también intercambié algunas palabras con mi madre, aunque no recuerdo qué le dije. Creo que hasta se enfadó un poco conmigo, porque fui muy parco con ella, por la presencia de mi padre: al fin y al cabo hoy tengo que complacerlo a él. 

Cuando salía para la escuela, también mi madrastra se sinceró conmigo. Estábamos a solas, en la entrada de casa y me dijo que en aquel día tan triste para todos nosotros esperaba "contar con un comportamiento adecuado" por mi parte. No sabía qué responderle, así pues no dije nada. Quizá haya interpretado mal mi silencio, porque continuó diciéndome que no había querido herir mi sensibilidad y que sabía que su advertencia era, en realidad, innecesaria. Estaba segura de que yo, un muchacho de quince años, era perfectamente capaz de calibrar la "gravedad del golpe que habíamos recibido"; ésas fueron sus palabras. Asentí con la cabeza y vi que con eso le bastaba. Entonces, hizo un gesto con la mano, y temí que fuera a abrazarme. No lo hizo, se limitó a soltar un largo y profundo suspiro entrecortado. Me di cuenta de que sus ojos se ponían húmedos; me sentí incómodo. Después, me dejó ir. 

Fui andando desde la escuela hasta el almacén. Era una mañana limpia y tibia para ser el principio de la primavera. Hubiera podido desabrochar mi abrigo, pero desistí: la ligera brisa podía haber hecho que las solapas hubieran ocultado de manera antirreglamentaria mi estrella amarilla. De ahora en adelante tengo que cuidar más ciertos detalles. Nuestro almacén de maderas está cerca, en una de las calles laterales. Unas escaleras empinadas llevan a la oscuridad. Encontré a mi padre y a mi madrastra en la oficina, una pequeña cabina de vidrio, iluminada como los acuarios, justo al lado de la escalera. También estaba el señor Süto a quien conozco bien, porque fue nuestro contable y administrador de otro almacén que teníamos al aire libre y que luego él nos compró. O por lo menos eso decimos. El señor Süto no tiene problemas de tipo racial ni lleva estrella amarilla y, de hecho, nos ayuda en nuestra situación legal, según yo sé, porque es él quien sigue administrando nuestros bienes para que nosotros no tengamos que prescindir de la totalidad de los beneficios. 

Lo saludé con más consideración que de costumbre, puesto que de alguna manera ahora estaba por encima de nosotros: mi padre y mi madrastra también eran más amables con él. Él, sin embargo, se empeñaba en tratar a mi padre como su jefe y a mi madrastra la seguía llamando "mi señora", como si nada hubiese ocurrido, y continuaba besándole la mano cada vez que la veía. Aquel día a mí también me recibió con su tono campechano de siempre; no hacía caso de mi estrella amarilla. Me quedé de pie al lado de la puerta, y ellos continuaron con lo que habían interrumpido por mi llegada. Estaban intentando llegar a un acuerdo sobre algo, según entendí. Al principio no sabía de qué hablaban. Cerré los ojos por un momento, puesto que todavía estaba medio cegado por la intensa luz de la cabina. Entonces mi padre dijo algo que me sorprendió, y abrí los ojos. Observé el rostro redondo y moreno del señor Süto, en el que destacaban un fino bigote, unos dientes grandes, muy blancos y ligeramente separados, y unas pequeñas manchas rojizas y amarillas, que parecían abscesos abriéndose. Mi padre dijo entonces algo sobre una "mercancía que convenía que el señor Süto se llevara inmediatamente". El señor Süto no tenía inconveniente, por lo que mi padre sacó un paquetito del cajón del escritorio que estaba envuelto en papel de seda y atado con un lazo. Entonces supe de qué mercancía se trataba: por su forma reconocí la caja que había en el paquete. La caja en la que guardábamos los objetos de valor y las joyas. Creo que lo llamaban mercancía para que yo no supiera de qué hablaban. El señor Süto guardó enseguida el paquete en su cartera. A continuación, se enzarzaron en una pequeña discusión: el señor Süto sacó su pluma estilográfica e insistió en firmar un recibo a mi padre por la mercancía. Mi padre respondió que se dejara de tonterías y que no necesitaba ningún papel. El señor Süto estaba muy agradecido. "Ya sé que tiene usted confianza en mí, jefe, pero en la vida hay que seguir un orden y conservar ciertas formas", dijo. Después se dirigió a mi madrastra: "¿No opina usted lo mismo, mi señora?", preguntó, pero ella se limitó a sonreír y repuso que, por su parte, confiaba plenamente en las decisiones que ellos tomasen. 

Cuando ya empezaba a aburrirme, el señor Süto por fin se decidió a guardar su estilográfica y empezaron a hablar del tema del almacén. Debían tomar una decisión sobre el destino de todas aquellas tablas de madera. Mi padre opinaba que tenían que actuar inmediatamente, antes de que las autoridades "echaran mano al negocio", y le pidió al señor Süto que con su experiencia profesional ayudara y aconsejara a mi madrastra en el asunto. "Naturalmente, mi señora. De todas formas, estaremos en contacto permanente por las cuentas", dijo el señor Süto dirigiéndose a mi madrastra. Creo que se refería a nuestro antiguo almacén que ahora le pertenecía. 

Finalmente, se despidió de nosotros. Retuvo la mano de mi padre durante un largo rato; la expresión de su rostro era seria y triste. Sin embargo, opinó que "no eran momentos para palabrerías". 

"Hasta pronto, jefe", se despidió el señor Süto. "Eso espero, señor Süto", respondió mi padre con una leve sonrisa. 

En ese momento, mi madrastra abrió su bolso de mano, extrajo un pañuelo y se lo llevó a los ojos, sollozando. Se produjo un silencio. La situación me resultó molesta, porque tuve la impresión de que yo también debía decir algo. Pero todo había acontecido con tanta rapidez que no se me ocurrió nada sensato. También el señor Süto se sentía visiblemente incómodo. "Pero, mi señora, no haga esto, por favor. No debe hacerlo, de verdad que no", dijo, asustado. 

Después se inclinó y casi dejó caer su boca en la mano de mi madrastra, para proceder a besarla como siempre. Corrió luego hacia la puerta y yo apenas tuve tiempo para hacerme a un lado. Se olvidó de despedirse de mí. Permanecimos en silencio escuchando sus lentos pasos por las escaleras de manera, hasta que mi padre dijo: "Bueno, ya está, otro peso que nos hemos quitado de encima". 

Entonces, mi madrastra le preguntó, en un tono velado, si no habría sido mejor aceptar aquel recibo del señor Süto. Mi padre le respondió que aquel recibo carecía de "valor práctico" e incluso sería más peligroso tenerlo escondido que guardar la caja. Le explicó que estábamos obligados a jugarlo todo a una sola carta y a tener plena confianza en el señor Süto, puesto que, a estar alturas, no nos quedaba otra solución. Mi madrastra permaneció callada por un momento, pero luego continuó diciendo que, aunque mi padre tuviera razón, ella estaría más tranquila con "un recibo en la mano". No supo explicar bien por qué. 

Mi padre estaba obsesionado por el tiempo, porque aún tenían muchas cosas que hacer. Quería entregar a mi madrastra los libros de cuentas del almacén para que pudiera controlar y mantener el negocio mientras él estuviera en el campo de trabajo. También intercambió unas palabras conmigo. Después me dijo que me sentara y que estuviera tranquilo hasta que ellos terminaran con los libros (...) 


Traducción de Judith Xantus. 


Vigencia de los campos de concentración Auschwitz-Gulag por
Imre Kertész

(publicado en Lateral, revista de cultura, 
nº 4, abril 1995)

Estimado público, queridos amigos, cuando me pidieron que interviniese en este debate sobre las analogías y las diferencias entre los campos de concentración de los nazis y de los bolcheviques, o sea sobre la infamia del siglo ­o en palabras del poeta Pilinszky: la problemática del escándalo­, enseguida se me ocurrió decir ­a Ákos Szilágyi, por teléfono­ que en mi opinión se trataba de una cuestión mitológica. Y aunque haya pasado bastante tiempo desde entonces, mi opinión no ha variado.

Soy completamente consciente de que el problema planteado es inagotable, mientras que nuestro tiempo y paciencia no son en absoluto infinitos; así que trataré de ser breve, lo que me obligará a ser esquemático. Ante todo, ¿sobre qué base ha de hacerse esta comparación? Es obvio que ser desterrado de la existencia humana, que el sufrimiento, el hambre, el trabajo forzado del preso y su martirio son los mismos en Recsk que en Dachau, y tampoco Kolima se diferencia en este sentido de Mauthausen. ¿Estamos tasando si la ración de pan era más pequeña en Ravensbrück o en algún campo del Gulag? ¿Si los expertos en sadismo entendían más de tortura en la Casa de la Gestapo de Prinz Regentenstrase o en la cárcel Lubianka de Moscú? Sería una conversación demasiado triste y al mismo tiempo totalmente infructuosa. ¿Deberíamos, pues, juzgar el universo de los campos de concentración basándonos en la ley y en el derecho? ¿Deberíamos examinar quiénes y dónde han sufrido más injustamente? Pero ya sabemos que todo esto está más allá de cualquier ley, derecho o justicia; los juicios de Nüremberg y el proceso de Auschwitz en Franckfurt ya demostraron que el mundo de las víctimas y el de sus verdugos, y también el horrible veredicto, se sitúan muy lejos de las salas de los tribunales. ¿Deberíamos entonces, como suele decirse, dejar que el Tribunal de la Historia juzgue el problema en su momento? En primer lugar, tendremos que reconocer que la Historia ­por lo menos hasta hoy­ se ha mostrado poco útil a la hora de explicar, o incluso de concebir estos acontecimientos, designados generalmente con términos bíblicos o coloquiales, en algunos casos por el eufemismo oficial o, más a menudo, con su mera denominación de origen. Claro, los hechos acumulados por la Historia son importantes, pero siguen siendo un simple archivo judicial si la Historia no es capaz de digerir tales hechos. Y efectivamente vemos que no es capaz, quizá porque no dispone de una visión universal y ordenada; o sea, de una filosofía. Quizá la última palabra de filosofía de la historia ­es decir, no de crítica de la filosofía, sino una palabra afirmativa de filosofía de la historia­ fue dicha por Hegel, al afirmar que la historia era una imagen y un acto de la razón. Hoy nos reímos de ello (naturalmente con los ojos bañados en lágrimas), pero no podemos negar que el mito de la razón del siglo XVIII fue el último gran mito creador europeo, y que su desvanecimiento o ­ para utilizar una imagen más adecuada a nuestro tema ­ su transformación en humo y cenizas, nos ha condenado a una orfandad anímica y espiritual.

Estimados amigos, desde que nos enteramos por Nietzsche de que Dios había muerto, nos enfrentamos al grave problema de saber quién ­ aparte de los registros oficiales informatizados ­ lleva la cuenta de los hombres, o para decirlo de una manera más clara, ante la mirada de quiénes vivimos, a quién debemos rendir cuentas en el sentido ético, incluso, ya me perdonarán, en el sentido trascendental de la palabra. Porque el hombre es un ser que dialoga, que habla sin parar, y todo lo que dice, todo lo que cuenta, sus quejas y sus suplicios no son sólo meras descripciones, sino también testimonios, y el hombre pretende en secreto ­ inconscientemente ­ que tales testimonios se conviertan en categoría y que esta categoría se convierta en una fuerza espiritual legisladora. Dice Albert Camus en El hombre rebelde ­ creo que citando a otro autor ­ que: "Los poetas son los legisladores del mundo". Creo que deberíamos partir de ahí. Es verdad que los poetas ­y tenemos que interpretar esta palabra de manera muy amplia, refiriéndonos a la imaginación creadora en general­ no dictan las leyes como lo hacen los legisladores en un Parlamento, pero son ellos quienes obedecen estas leyes, la Ley aún vigente en el mundo como Ley, la Ley que crea y redacta las historias, y también la Historia de la Humanidad.

El poeta nunca podrá infringir esta Ley, puesto que entonces su obra sería injustificable, o sea, simplemente mala. Permítanme llamar a esta ley inconcebible pero poderosísima que dirige nuestro espíritu ­y a la que nosotros mismos alimentamos con nuestras vidas vividas para que siga existiendo­ permítanme que llame a esta Ley ­ recurriendo en mi indecisión y a falta de otra mejor a la expresión de Thomas Mann ­: el espíritu de la narración. Es esto lo que determina qué y cómo formará parte del mito, qué permanecerá en los archivos de la Historia de una Civilización a pesar de que a los ideólogos les gustaría a menudo poder decidirlo ellos mismos. Casi nunca lo logran, por lo menos de la manera que ellos quisieran. El mito se decide de modo diferente: una decisión secreta y conjunta que refleja obviamente motivaciones y necesidades reales en las que aparece la verdad. Los horizontes de nuestras vidas cotidianas están limitados por estas historias, historias que ­al fin y al cabo­ cuentan cosas sobre lo bueno y lo malo; y nuestro mundo, delimitado por estos horizontes, está plagado de susurros inagotable sobre lo bueno y lo malo. Me atreveré a hacer una declaración audaz: en cierto sentido y en cierto plano vivimos exclusivamente para satisfacer el espíritu de la narración; este espíritu, que está tomando forma incesantemente en los corazones y en las mentes de todos nosotros, ha llegado a ocupar el lugar espiritualmente intangible de Dios convirtiéndose en una mirada simbólica que sentimos sobre nosotros y bajo cuya luz lo hacemos todo ­o no lo hacemos­.

Todo esto lo tenía que decir de antemano para poder formular la pregunta de por qué se ha transformado Auschwitz en lo que se ha transformado en la conciencia europea: en una parábola universal, acuñada con el sello de lo perdurable; en algo que en su simple nombre encierra el mundo entero de los campos de concentración nazis, la conmoción del espíritu universal ante ellos, y cuyo escenario elevado a un plano mítico habrá de ser salvaguardado para que los peregrinos puedan visitarlo, como pueden visitar, por ejemplo, el monte del Gólgota. A propósito, ¿qué se necesita para alcanzar la plenitud ­ espero que no me malinterpreten ­, o sea, en cierto sentido, la perfección? En cualquier caso, podríamos enumerar algunos datos. Primero: todas las parábolas han de ser esencialmente sencillas. En Auschwitz, ni por un instante se mezcla lo bueno con lo malo. Según la narración cuenta ­ y es la verdad, por otra parte ­, millones de personas inocentes fueron llevadas a Auschwitz, donde fueron maltratadas y asesinadas bestialmente. Esta imagen no está perturbada por ningún matiz ajeno, por ejemplo político; esta historia no se complica con detalles como que se haya encerrado en Auschwitz a algún dirigente nazi condenado inocentemente desde el punto de vista del Partido ­ y sólo desde este punto de vista ­, que hubiera permanecido fiel a los nazis, detalles frente a los cuales el espíritu de la narración debería vencer una ambigüedad dificultosa.

Segundo: Auschwitz es una estructura ya totalmente desvelada, por lo tanto cerrada e intocable. Esto es así tanto en su dimensión espacial como temporal. Se trata de una extraña paradoja. Porque aunque todavía estén entre nosotros los supervivientes ­ como éste, al que están viendo leer ante ustedes ­, queda alejado de nosotros como un fósil minuciosamente preparado, como una historia definitiva, conocida en todos sus detalles, que narramos utilizando lógicamente el pretérito imperfecto. Conocemos asimismo todos los recovecos del lugar de esta historia: desde el muro negro hasta los barracones familiares checos, desde el Sonderkommando hasta la marca de los ventiladores que hacían funcionar los crematorios. Todo aparece ante nosotros como si fuera una historia del Libro del Apocalipsis, un relato de terror contado con espeluznante minuciosidad por Edgar Allan Poe, Kafka o Dostoyevski; se conocen sus detalles, su lógica, su horror y su vergüenza moral, la inconmensurabilidad de los sufrimientos, su horrible moraleja, que ya nunca podrá ser expulsada del espíritu de la narración.

Todo esto, sin embargo, aún no es suficiente para que un crimen se haya convertido en un escándalo en la historia del espíritu, en una llaga viva, en un trauma cuyo recuerdo inquietante permanecerá para siempre como permanecen en el cuerpo las heridas de un accidente grave, imborrables, abiertas y sangrando a cada roce; para lo cual la catástrofe ha tenido que tocar órganos vitales. Y ahora ha llegado el momento de que echemos un vistazo a los dos coautores del gran guiñol de nuestro siglo: el movimiento nazi y el bolchevique. El espíritu de la narración los tiene catalogados como aquellos que han quebrantado un contrato legal, o sea como criminales. Dice Kierkegaard que el aire del crimen es la seriedad. He mencionado el hecho de romper un contrato legal, porque desde que apareció en la zarza ardiente de la cultura ética europea la visión de la Ley, para configurarse después en sus palabras y quedar grabada en piedra, desde entonces medimos todos los acontecimientos con tales palabras, y comparamos todos los hechos con ese contrato. No podríamos comprender la seriedad del aire del crimen, por así decirlo, el reparto de los papeles éticos que asumen los criminales, si el espíritu de la narración no conociese a Caín, a Ahasver, a Torquemada, a Hitler y a Stalin. Ahora bien, los dos movimientos sólo tienen en común los resultados: el terror, los campos, el genocidio, la invalidación total de la vida en todos sus sentidos ­en lo económico, en lo espiritual, en lo anímico, en lo ético­, la aniquilación del individuo..., ¿para qué continuar? Sin embargo, los dos movimientos son de distinta índole. Los dos parten del espíritu de la narración: uno aparentemente (o sea, según su ideología) viene a cumplirlo, y el otro se enfrenta a él con abierto furor. Uno se presenta como Redentor, pero tiene al diablo escondido bajo su capa; el otro se viste de Diablo, y lo es. Uno pone en práctica la Ley de una manera ilegal, y el otro pone la Ley fuera de la ley. Si es cierto que coinciden en el asesinato en masa, son diferentes los motivos del genocida nazi y ­al menos originariamente­ los motivos del genocida bolchevique. Por falta de tiempo, permítanme decir tan sólo algunos apuntes sobre estos dos tipos de asesinos del siglo XX. El bolchevique: táctica en lugar de alma y de razón. La disciplina de la táctica. La táctica como único móvil, como moral, como hilo conductor de la acción. La rabulística filosófica, las estratagemas escolásticas, el dogma frío que lo cubre todo con un matiz eclesiástico, todo ello ­ junto con el hedor pequeño burgués del movimiento pseudo-obrero, los martirios y las celdas de tortura ­ constituye un conjunto especialmente peculiar. Tiene algo de jesuita, pero sin el elitismo de los jesuitas. La elite bolchevique había sido aniquilada, y la elite de los años 30, creadora de los así llamados años 50, nunca fue una elite, sino, como mucho, un cuerpo de mando, un estado mayor, un cuerpo de lacayos de alto rango.

¿Y el nazi? Contrastes de familia. Es más sencillo y, por así decirlo, más moderno. Lo suyo no es la táctica, se basa descaradamente en los más bajos instintos, reprimidos por milenios de civilización. La disciplina nazi es de carácter militar, de comando operativo. Es una mezcla peculiar de la disciplina bolchevique, del soldado colonial, del caballero medieval, el jefe de contabilidad y el conquistador. El nazi es la locura, la jauría desatada, los desfiles de las masas en formación, la embriaguez nacionalista desaforada, el asesinato y el suicidio, la desesperación, la nada. Imitación de la elite ligada a un complejo de inferioridad. El nazismo perdura en el sistema nervioso humano en forma de odio, de agresión, como una bacanal, como la idiotez, como la huida, como protección en medio de la multitud, y ­ utilizando otra vez un giro de Thomas Mann ­ como el absentismo laboral del borracho degradado en lumpen.

Dice Camus en El hombre rebelde que el bolchevismo pretende la universalidad, mientras que el movimiento nazi ­o fascista­ no lo hace. Es un craso error. Sin embargo, es comprensible: siendo Camus un intelectual, buscaba involuntariamente en el nazismo la ideología positiva de un movimiento constructivo, aunque sólo fuera a modo de máscara. Por el contrario, el movimiento nazi había declarado su pretensión de universalidad precisamente a través de su deconstructivismo, a través de su negatividad. Veamos cómo se unió el nazismo al mito universal, aunque fuera de protagonista negativo; cómo pretendió ser universal, no por amor, sino justo al revés, mediante el odio y el asesinato.

Cualquier ciencia que se ponga a estudiar el problema del antisemitismo ­ claro, me refiero a las ciencias verdaderas, no a las falsas, las ideológicas ­, siempre llega a la misma conclusión: se muestra impotente ante el problema. Enumera unas cuantas obvias razones históricas, económicas, sociales; habla de estados de conciencia y de situaciones, etc., y luego constata que se trata de algo irracional. Yo creo, sin embargo, que el espíritu de la narración también aquí ofrece una explicación mejor. Freud menciona que el antisemitismo de los alemanes fue motivado, entre otras causas, por la rebelión latente de los paganos germánicos contra la cristiandad, puesto que la fe cristiana es fruto del monoteísmo judío. En mi opinión, sin embargo, esto, en caso de ser cierto, sería sólo el tañido lejano de un arpa en medio de una marcha estridente y brutal. Y si fuera así, ¿por qué se rebelaron los alemanes contra los cristianos, o sea contra los judíos exactamente en los doce años transcurridos entre el 1932 y el 1945? Ahora bien, la cuestión tampoco es tan absurda como puede parecer a primera vista. Dios nos guarde de la mística oscurantista, de pretender indagar en las profundidades del alma germánica, pero es un hecho que a lo largo de los siglos de la era moderna, el trato que recibían los judíos, la relación con los judíos, la así llamada cuestión judía se convirtió en un problema de la conciencia europea. Se puede decir que tal problema ha atormentado la conciencia europea como lo han hecho las revoluciones de la edad moderna, de las cuales la más memorable, la francesa, declaró la igualdad de los judíos ante la ley y en lo relativo a los derechos humanos. Una legislación de ese tipo, sin embargo, no significa nada en sí hasta que el espíritu de la narración no la admita y la santifique. ¿Qué quiero decir? Quiero decir que desde entonces el antisemitismo realmente se convirtió en un escándalo, y apareció bajo la capa negra de quienes quebrantan contratos. Hago referencia, sólo de pasada, a casos como el de Dreyfus o el de Tiszaeszlár en Hungría, que ­cada cual según sus dimensiones­ tuvieron el mismo efecto: fueron un escándalo, pusieron en su sitio bien a las claras a las fuerzas de las tinieblas y de la luz, a las fuerzas de lo retrógrado y lo progresista, a las fuerzas del bien y del mal. Si queremos, de todas maneras, buscar móviles inconscientes para el antisemitismo alemán, nazi, yo los buscaría más bien en la rebelión de los alemanes contra la Ilustración, más exactamente, la Ilustración francesa, una rebelión resucitada y actualizada por la Guerra Mundial perdida y la consiguiente paz.

Antes me he referido a que el movimiento nazi trabajaba con métodos más sencillos, si se quiere más abiertos que el bolchevique. La sencillez significa también la sencillez de la máscara. El que provoca escándalos, el Caín moderno, el que opta por romper el contrato legal para poner en marcha el dinamismo de su poder, el que pretende formar parte de la narración confrontándose a su espíritu, enseguida pondrá en marcha como estandarte de su rebelión el antisemitismo. Es un símbolo universal, una llamada clara a comprometerse, y parte de una complicidad. El antisemitismo, a través de los crímenes cometidos contra los judíos, constituye por lo tanto un crimen cometido contra un contrato legal y contra el alma humana, todavía ufana de ese contrato. De esta manera, declaró el movimiento nazi su pretensión a la universalidad, y por otra parte así se ha hecho inmortal la atrocidad de su crimen. Rompió el contrato que había sido el orgullo del espíritu vigente y que había sido considerado inquebrantable. Se analice como se analice, el humo del holocausto cubrió Europa con una larga sombra oscura, mientras que sus llamas dibujaron una señal imborrable en los cielos. Bajo esta luz sulfurosa el espíritu de la narración volvió a pronunciar las palabras esculpidas en piedra, situó la historia ancestral bajo esa luz de fuegos fatuos, encarnó la parábola, resucitó la representación eterna de la Pasión sobre el sufrimiento humano. El escenario número uno del holocausto, Auschwitz, se ha convertido para siempre en el nombre genérico de los campos de concentración nazis, aunque hayan estado funcionando cientos y cientos de campos más, y aunque sepamos que en el mismo Auschwitz también se recluyó y se exterminó a decenas de miles de presos no judíos.

Sólo quiero añadir de pasada que cuando el bolchevismo imperialista de Stalin escogió definitiva y descaradamente el camino nacionalsocialista de romper el contrato legal ­ camino contrario a Europa y a la civilización ­ lo primero que hizo fue demostrarlo con un juicio contra judíos, poniéndose así la máscara teatral para que todos los asistentes y espectadores del gran mito reconociesen inmediatamente las pretensiones y el carácter del protagonista. Por suerte demostró su verdadera vocación bastante tarde, al menos en este aspecto. No crean, sin embargo, que fue una suerte sólo para los judíos, puesto que el que está decidido a todo, y rompe el contrato ­en señal de su universalidad­, raras veces se contentará con menos que con una catástrofe mundial.

Estimados amigos, ya voy terminando. Quiero dejar claro otra vez que no ha sido mi propósito ­no lo hubiera podido ser, puesto que habría sido insensato­ sopesar las similitudes o las diferencias entre los campos de concentración de los nazis y los de los bolcheviques. No hay medida para el sufrimiento, la injusticia no tiene un termómetro: los campos del Gulag y la red de campos nazis fueron creados con el mismo propósito, y millones de víctimas dan fe de que cumplieron ese propósito. Por qué entonces la memoria colectiva, el espíritu ­misterioso, pero decidido­ de la narración elige un campo en lugar de otro, y como símbolo de todos: para eso he estado tratando de buscar aquí algunas razones. De todas formas, la elección que el mito ha hecho con Auschwitz parece definitiva: la narración de Auschwitz ya pasó aquella etapa de maduración y de olvido aparente que la escuela psicoanalítica denomina represión.

Lo del Gulag ­ con todas las similitudes ­ estoy seguro, es otra narración. No quiero decir con esto que sea menor el crimen, el horror, que sea una historia menos conmovedora, pero ­¡qué peculiaridad más dolorosa!­ la perdurabilidad no depende de ello, sin embargo, y en mi opinión el espíritu de la narración aún está escribiendo esta historia antes de ponerle su sello definitivo. Para terminar ­y esta frase terrible no me la puedo ahorrar ni a mí mismo ni a ustedes­, todavía no podemos estar seguros al cien por cien de poder hablar de los campos bolcheviques en pretérito imperfecto.

los precios están en AR$ (pesos) exclusivamente para Argentina 

Imre Kertész
El escritor húngaro Imre Kertész, de 72 años, fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura 2002, por "una obra que expone la experiencia frágil del individuo contra el arbitrariedad bárbara de la historia".
"Ha habido tantos nombres excelentes en la lista, fue algo increíble para mí, sabiendo que hay tantos escritores de enorme renombre y valor en el mundo, ue me eligieran fue una verdadera sorpresa", señaló por teléfono el escritor magiar desde su domicilio en Berlín, donde trabaja en un nuevo libro.
"Ya he figurado en tantas ocasiones en la lista de los candidatos que me pareció que no me llegaría el turno, pero he aquí que me llegó", comentó.
Nacido en 1929 en Budapest, Imre Kertész fue deportado en 1944 a Auschwitz y a Buchenwald. A su regreso a Hungría, trabajó como periodista, traductor y autor de comedias y guiones cinematográficos.
Se ganó la vida como periodista, y el periódico para el que escribía fue, en 1951, declarado órgano oficial del Partido Comunista. Desde 1953, Kertesz vivió de su pluma. Escribía comedias musicales y pequeñas obras de teatro, y tras la publicación de su primer libro Sin Destino comenzó a trabajar también como traductor. Fue el encargado de traducir al húngaro a autores como Frederizk Nietszche, Sigmund Freud, Elias Canetti y Tankred Dorst, entre otros muchos.
Recibió el Premio de Literatura de Brandeburgo (1995) y el Premio del Libro de Leipzig (1997). Entre sus obras destacan 'Otro' (1997) (de próxima aparición), 'El fracaso' (1988), 'Diario de la galera' (1992), Un instante de silencio en el paredón' (1998) y Kaddish por el hijo no nacido (Acantilado, 2001).
Imre Kertész, una de las figuras más representativas de la literatura actual húngara, es superviviente del holocausto y la Academia destaca que su obra "vuelve a examinar continuamente ese acontecimiento determinante de su vida". El escritor será el primer húngaro que recibe el galardón, que se entregará el 10 de diciembre, coincidiendo con el aniversario de la muerte de Alfred Nobel.
Es autor también de Sin Destino, considerada una de las mejores novelas del siglo XX, en la que recuerda su experiencia en los campos de concentración nazis.

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el Holocausto como cultura
UN INSTANTE DE SILENCIO EN EL PAREDON
de Imre Kertész
(142 páginas AR$45.00, rústica)

Un instante de silencio en el paredónLos ensayos de Imre Kertész constituyen una aproximación radical a la realidad europea del siglo XX vivida desde muy cerca. Al analizar el holocausto, el acontecimiento central de Europa y también del mundo en el siglo XX, el autor se basa tanto en la propia experiencia como en décadas de reflexión, contribuyendo de manera decisiva al debate acerca de uno de los momentos más dramáticos de la historia contemporánea. [pedir] 


KADDISH POR EL HIJO NO NACIDO

de Imre Kertész
(147 págs. AR$47.00)
Kaddish por el hijo no nacidoSi un hijo es objetivación humana del futuro, aquel que no se ha tenido es dolorosa constatación de su ausencia. La historia colectiva toma a menudo en lo individual y sus sufrimientos valor de ejemplo. Es así como Kertész, en este Kaddish por el hijo no nacido, hace un doloroso autoanálisis, brutal, desgarrador y sin concesiones, sobre 'el acontecimiento traumático de la civilización occidental', sufrido directamente por él, y en el que establece una línea de conexión entre la sombra alargada que Auschwitz proyecta y la imposible paternidad. [pedir]  

autores argentinos

* José Hernández
* Roberto Fontanarrosa
* Silvia Freire
* Jorge Luis Ferrari
* Sergio Sinay
* Jorge Bucay
* María Elena Walsh
* Quino, Joaquín Lavado
* Marcos Aguinis
* Domingo Faustino Sarmiento

 

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